Mes: septiembre 2013

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Imagen del Cézanne recuperado por The Art Loss Register en el momento de su subasta, 1999
Hace tiempo que tenía pendiente escribir para el blog una entrada sobre una de las empresas más curiosas y controvertidas que operan en el mundo del arte: The Art Loss Register, a cuya excelente base de datos de obras robadas, mucho más extensa que la de la propia Interpol, dediqué algunas páginas en «Arte y Museos en Internet».
The Art Loss Register es ni más ni menos que eso, una empresa privada que se dedica a localizar todo tipo de obras de arte robadas, desde pintura, grabados o esculturas a vajillas, monedas o joyas. Y, obviamente, cobran por ello. Son numerosas las obras que ha recuperado a lo largo de su existencia, algunas de ellas, de grandes maestros. No obstante, no son pocas las críticas que caen sobre ellos. La opacidad de sus actuaciones es la más importante de todas. Los miembros de The Art Loss Register no desvelan sus métodos ni dan explicaciones sobre cómo recuperan las obras. ¿Tienen contactos en el mercado negro? ¿Negocian con los ladrones que han robado la obra? ¿Utilizan sobornos para conseguir información privilegiada?
No lo sabemos. En todo caso sus servicios, que no se encuentran al alcance de todos los bolsillos, parecen ser eficaces. Y la pregunta es…¿El fin justifica los medios?
Y…¿cuáles son sus medios?
Os dejo con este interesante artículo que publica El País sobre el tema.
Feliz comienzo de semana.

Hay una pequeña calle en la City de Londres, Hatton Garden, que es desde la Edad Media centro neurálgico del negocio de diamantes, piedras preciosas y joyería al por mayor. Aunque no faltan tiendas convencionales con escaparates repletos de anillos de boda, muchas tienen cristaleras opacas y un guardia de seguridad en la puerta.
En esa misma calle tiene su sede The Art Loss Register, una de las compañías más curiosas del mundo: se dedica a localizar y recuperar obras de arte robadas. “Todo tipo de arte, desde instrumentos musicales a vasija, cubertería, monedas, pinturas, esculturas. Todo el rango de cosas que se venden en los mercados de antigüedades”, explica Julian Radcliffe, su propietario, un hombre casi tan misterioso y enigmático como los joyeros de Hatton Garden.
Radcliffe irradia una vitalidad exuberante aunque ya parece tener cierta edad. Responde a todo, pero con la ambigüedad de un viejo zorro que ha dado muchas vueltas en esta vida. Ha sido medio agente secreto, los fines de semana se convierte en granjero al frente de una explotación de vacas y ovejas y los días laborables los dedica a buscar arte robado… y a muchas cosas más.
The Art Loss Register es a duras penas rentable, pero Radcliffe no vive de amor al arte. “Tengo varias compañías. Soy lo que los británicos llaman un empresario en serie. Esta es solo una de mis compañías”, explica. ¿Qué tipo de negocios hace? “Fundé una empresa de seguros de riesgo político en Lloyd’s. Luego una compañía llamada Control Risks, que es bastante grande, con 800 personas, y es la principal consultora de seguridad política en el mundo. Luego una compañía que recupera equipamiento robado del sector de la construcción. Una compañía de subcontratación en la India. En fin…”.
Uno se imagina que la tarea de Radcliffe consiste en esperar a que un ladrón de cuadros le llame un día para proponerle un trato y que él acaba haciendo de intermediario, como si estuviera pactando el pago de un rescate para liberar a una persona secuestrada. “Oh, eso es una parte muy pequeña de nuestro trabajo. Son casos excepcionales”, se sacude la pregunta con modestia. Modestia un poco falsa, porque luego se le escapa que empezó este negocio “porque me lo sugirió un ejecutivo de Sotheby’s que sabía que yo había tenido éxito en control de riesgos y en casos de secuestros, en seguridad personal y en negociaciones gubernamentales y me dijo que por qué no hacía eso en el mundo del arte robado”. ¿O sea que sí ha hecho de mediador en secuestros? “Al principio, en control de riesgos, sí. Una de las compañías ha tratado más de 2.000 asuntos relacionados con secuestros”.
En realidad, la tarea de The Art Loss Register consiste en estudiar de forma paciente los datos de miles de obras de arte que salen cada año a la venta y cruzarlos con los datos de 350.000 obras de arte robadas que conforman la base de datos que la compañía ha ido construyendo desde que fuera creada hace 22 años. Muchos más que los 57.000 que tiene registrados Scotland Yard o los 40.000 de Interpol.
Cada día, una treintena de empleados, algo más de veinte radicados en Dheli (India), llevan a cabo la meticulosa tarea de cruzar lo que está en venta con lo que fue robado, hace a lo mejor 20 o 30 años. “Nuestro trabajo consiste en recuperar piezas que han sido robadas, o piezas falsas, que son una gran parte del mercado de arte. Cada año chequeamos unas 400.000 piezas que nos facilita la policía o que van a los mercados y las cruzamos con nuestra base de datos para evitar que puedan ser vendidas”, explica Radcliffe. “Cada día encontramos unos 50 objetos que coinciden con los que figuran en nuestro catálogo como piezas robadas. Y de esos 50, dos o tres acaban coincidiendo por completo”.
“Luego entablamos negociaciones para conseguir que las piezas robadas sean devueltas a sus verdaderos dueños. Y eso puede ser muy complicado porque la gente que las tenía ase
gura que las han comprado de buena fe y que los dueños son ellos y no los que fueron víctimas del robo inicial o su compañía aseguradora”, añade.
“Cuando empezamos, muchos de los individuos con objetos robados eran estafadores o casi, porque no sabían que les estábamos buscando. Ahora no venden en el segmento alto del mercado, venden por menos dinero, que es parte de nuestro objetivo: que el robo de arte sea menos rentable para los criminales. Y la gente que las saca a la venta en las grandes subastas no saben que se trata de obras robadas, pero tampoco han hecho lo que tenían que haber hecho: antes de comprar, comprobar con nosotros que no se trata de obras robadas”, advierte Julian Radcliffe.
El valor medio de cada pieza recuperada es de unos 9.500 euros, “muy poco dinero”. La compañía tiene tres fuentes de ingresos: carga un porcentaje (que puede llegar hasta el 20%) a la persona o entidad que recobra la pieza; cobra unos 30 euros por cada pieza robada registrada en sus archivos y cobra por la utilización de su base de datos, un servicio que genera en torno a tres cuartas partes del cerca de millón de euros que ingresa la firma en un año.
Pero de cuando en cuando llega algún caso que se convierte en noticia. Como la recuperación en 1999 de una obra de Paul Cézanne, Bouilloire et fruits, que había sido robada en 1978 junto con otros seis cuadros al millonario Michael Bakwin en su casa de Stockbridge (Massachusetts, Estados Unidos). El supuesto ladrón, David Colvin, había muerto tiroteado en 1979 y los cuadros se los quedó su abogado, Robert Mardirosian. Este intentó asegurarlos en Londres en 1999 para sacarlos a la venta, pero la aseguradora sospechó y se puso en contacto con la empresa de Radcliffe. Este, en colaboración con el FBI y la policía suiza, logró tender una trampa a Mardirosian y recuperar el cézanne, que luego fue subastado por 29,3 millones de dólares (equivalentes hoy a unos 33 millones de euros). “Pero ese es un caso excepcional”, asegura Radcliffe con modestia.

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

A subasta el testamento de Napoleón

25 septiembre, 2013 | mercado, Subastas | 4 comentarios

Imagen del testamento de Napoleón
A.J.GrosNapoleón en el puente de Arcole. 1798-1800
Óleo sobre lienzo, 134 x 104 cm


Durante sus días en Santa Helena, donde fue confinado tras su derrota, Napoleón redactó su última voluntad. Sabiendo que cualquier documento que saliera de su puño y letra sería inmediatamente confiscado, fue su primer oficial, Montholon, quien se encargó de su escritura, consiguiendo así que pasara inadvertido para los guardianes que lo custodiaban.

El próximo 6 de noviembre la casa de subastas francesa sacará este testamento perdido de una de las grandes figuras de nuestra historia. Su precio estimado: entre 108.000 y 162.000 dólares americanos. Personalmente me inclino a pensar que la cifra se superará con creces. 
Estaremos pendientes.

Encerrado en su exilio forzoso en Santa Helena, cuando veía acercarse la muerte, Napoleón ideó una estratagema para engañar a sus captores ingleses y hacer que llegara a Francia enseguida su testamento, una copia del cual se subastará ahora en París.
Ante la sospecha de que los ingleses secuestraran sus últimas voluntades, el emperador hizo que uno de sus fieles lugartenientes, el conde de Montholon, hiciera una copia de las mismas. Al no estar escrito por el propio Napoleón, el texto pasó inadvertido a los guardianes.
La casa de subastas Drouot pondrá a la venta el próximo 6 de noviembre dos de los documentos redactados por Montholon al dictado de Napoleón, considerados como piezas clave del “cuerpo testamentario” del emperador y que son los únicos que no están en manos de los Archivos Nacionales galos.
El precio estimado de los documentos es de entre US$ 108.000 y US$ 162.000.
“El testamento de Napoleón es amplio: lo escribió y lo fue ampliando a lo largo de sus últimos meses de vida. Estos dos documentos forman parte del mismo y son importantes para entender cómo la última voluntad de Napoleón llegó a Francia tras su muerte”, explicó el comisario de la venta, Christophe Castandet.
Como sospechaba Napoleón, los ingleses se llevaron el testamento original, guardado bajo llave en los archivos británicos. Pero en Francia se supo pronto su contenido gracias a las copias efectuadas por el lugarteniente del emperador. En particular, su voluntad de ser enterrado en suelo francés.
“Deseo que mis cenizas reposen en la ribera del Sena, en medio de ese pueblo francés al que tanto he amado”, redactó el emperador pocos días antes de su fallecimiento el 5 de mayo de 1821.
Los documentos subastados en noviembre tienen fecha del 16 de abril de ese año.
Napoleón estaba ya moribundo, apenas podía sostener la pluma y, postrado en su lecho, dictaba sus últimas voluntades a Montholon, el único que tenía permiso para compartir la habitación del emperador en su residencia de Longwood. 
Fuente: EFE
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El kintsugi o kintsukuroi es una técnica japonesa originaria del siglo XV que consistía en unir, usando una laca especial y polvo de oro, las piezas rotas de un objeto de cerámica, cristal, porcelana u otros materiales como el bambú. Concebida como una forma de devolver a la vida a objetos rotos, pronto se popularizó debido a la elegante belleza que otorgaba a las piezas hasta tal punto que, según las crónicas, a veces se rompían objetos a posta para poder volver a unir las piezas. El resultado era, verdaderamente, muy hermoso.
La hermosa decadencia de las piezas tratadas usando kintsugi era muy del gusto europeo. A partir del siglo XVII, con las primeras misiones jesuitas que llegan a Japón y las nuevas rutas comerciales que se abren con Oriente, jarrones y otras piezas similares comienzan a ser muy demandadas, tanto que pronto surgen  falsificaciones en las que, simplemente, se pintan líneas doradas sobre el material para imitar el efecto de la uníón de piezas rotas del Kintsugi. Nos han llegado obras de este tipo que fueron tomadas por buenas por los inocentes europeos que las adquirían.
Una pieza realizada con la técnica del Kintsugi era, en realidad, bastante cara. La laca con la que se unían los trozos se obtenía a partir de la resina de un árbol llamado toxicodendrom vernicfluum, que, como el propio nombre indica, era altamente tóxico. Se trata de una planta que crece en Japón, Korea, parte de China y el sudeste asiático y que llega a alcanzar los 20 metros de altura. Uno de estos árboles producía sólo una taza de resina en seis meses, de ahí su elevado precio. Si a esto le sumamos el polvo de oro y el lento proceso de unir las piezas con sumo cuidado y respetando unos tiempos de secado y exposición determinados es fácil comprender que el Kintsugi no estuviera al alcance de todos los bolsillos.
La unión debía hacerse sin que la laca sobresaliera por ninguna parte ni se apreciaran aglomeraciones, uniendo los trozos sutilmente, como podemos comprobar en las imágenes. De lo contrario se trataba de obras de escaso valor y calidad.
A pesar de su popularidad, esta técnica centenaria fue, poco a poco, cayendo en desuso hasta que durante el siglo XX dejó de usarse casi por completo. Sin embargo, recientemente, numerosas escuelas de Kintsugi han ido apareciendo por todo el mundo. No es de extrañar. La idea de recuperación, de reciclaje y de respeto a nuestro ecosistema en pro de un consumo sostenible casa perfectamente con la filosofía de respeto al pasado y de valorar la belleza y la historia de la obra de arte recuperada. 
Pero personalmente, me cautiva la idea de que la obra gane valor y belleza a pesar del daño sufrido. Quizás pase lo mismo con las personas. ¿Quién no ha tenido alguna vez que recomponer los trozos de su alma rota y volver a empezar después de un duro golpe? Los errores pasados, una vez superados, nos aportan valor, nos hacen más prudentes, más tolerantes, más sabios. 
¿No será ese, quizás, este el verdadero secreto de la belleza del Kintsugi?

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Anillo de oro y rubíes perteneciente a Isabel I de Inglaterra.
Imagen de Donna Kafer para European Women in History.
Todos conocemos la triste historia de Ana Bolena (Anne Boleyn). Segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra y gran defensora del protestantismo. Fue decapitada por orden de su marido bajo acusaciones de adulterio y traición y perdió su vida a manos de un verdugo en la Torre de Londres.
No obstante, los caminos de la Historia son tortuosos  y caprichosos y años más tarde, su única hija, Isabel, ascendió al trono, convirtiéndonse en reina de Inglaterra y llevando a su país a un nivel de prestigio y prosperidad nunca vistos hasta entonces. 
Isabel nunca habló de su madre ni de su suerte en público. Sin embargo, tras su muerte, al desprender el anillo de uno de sus dedos, se descubrió que en su interior llevaba dos miniaturas: su propio retrato y el de su madre. De esta forma, Ana, que falleció siendo ella muy pequeña, la había acompañado a lo largo de todos sus años de reinado.
Este tipo de joyas con miniaturas en su interior eran muy frecuentes en la época y continuaron siéndolo siglos más tarde. A raíz de la aparición de la fotografía, las miniaturas se sustituyeron por éstas, mucho más baratas. Las joyas con retratos de seres queridos o incluso algún mechón de cabello fueron muy populares y se utilizaron, de distintas formas, hasta principios del siglo XX. 
Pero sin embargo, ¿quién no lleva hoy en día una fotografía de la persona más querida consigo? ¿En la cartera, en el móvil o entre las páginas del libro que está leyendo? Quizás es que, como Isabel I, todos necesitamos sentir que nuestros seres queridos están siempre con nosotros, pase lo que pase, allá donde vayamos.
¿Y vosotros? ¿Conocéis alguna joya parecida? ¿Lleváis con vosotros la foto de alguien querido? 
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Un Constable en el armario

17 septiembre, 2013 | Artistas, mercado, Pinturas | 4 comentarios

Nuevo Constable descubierto

La Historia del Arte, probablemente nunca terminará de escribirse por completo. Y es que, de vez en cuando, nos encontramos con sorpresas como ésta: una pequeña miniatura adquirida en una subasta por unos 30 euros hace 10 años ha resultado ser una rarísima obra Constable, de uno de los grandes pintores ingleses del siglo XIX. Se estima que su precio actual ronda los 300.000 euros.

Rob Darvell, la persona a la que su padre le dio la obra después de haber hecho limpieza en su casa, pidió la ayuda de los especialistas. Su progenitor había sospechado que este paisaje se trataba de un trabajo original porque había una firma desteñida en la parte posterior. El experto en falsificaciones y marchante de arte Curtis Dowling ha declarado a Reuters que él y su equipo han pasado nueve meses analizando la pintura.
«Se trata de una pieza que estaba realmente perdida. Es interesante que sea tan pequeña, algo que no se da tan frecuentemente. Algo que no habíamos visto antes…», ha indicado Dowling, quien añade que la obra ha pasado de una mano a otra durante años sin que pisara el mercado. El experto, quien ha aparecido en numerosos programas de televisión comprobando la autenticidad de todo tipo de objetos, ha dicho que la pintura no se encuentra en las «mejores condiciones» y que con seguridad va a provocar división en el mundo del arte.»Hay muchas obras así, que permanecen en los armarios o en cajas en los garajes».
El pequeño cuadro fue primero propiedad del suegro de Constable y guardado en Suffolk. Ahora está en una caja de seguridad hasta que por fin se exhiba públicamente.
John Constable, nacido en Suffolk, es famoso por sus representaciones de los paisajes de Dedham Vale, conocido como el país de Constable. Su pintura más conocida, El carro de heno  de 1821, ahora se halla reproducida en millones de copias por todo el mundo.
Fuente: El País
¿Cuántos otros tesoros tendrán sus propietarios olvidados en un desván o en un armario sin saberlo? Estoy segura de que aún nos quedan muchos grandes descubrimientos por hacer…
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Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)