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El corazón de Sarasvati

6 enero, 2020 | mercado | No hay comentarios

El corazón de Sarasvati

Salomon Blake no creía en fantasmas, así que su pulso no se aceleró lo más mínimo aquella noche helada, mientras se adentraba en silencio por el tortuoso sendero del cementerio de Highgate. Era la víspera de Navidad de 1883 y, aunque solo un loco se habría aventurado a saltarse la vigilancia del elitista camposanto donde descansaban los seres queridos de las familias más ricas y poderosas de Londres, él sabía muy bien lo que se hacía. 

Ignoró la mirada acusatoria de los ángeles de piedra, vigilantes bajo su manto de nieve, e intentó no pensar demasiado en las cruces y en los mausoleos que iba dejando atrás en su camino. 

Aquella noche, atormentado por el frío y la humedad de Londres y por el dolor de rodillas que había aparecido con los años, le parecía inconcebible que alguna vez hubiera sido un hombre joven y fuerte, y que hubiera vivido en un lugar cálido y hermoso. Pero así había sido, por mucho que los recuerdos de aquellos años gloriosos comenzaban lentamente a desvanecerse. 

Se detuvo un instante. La luna llena se reflejaba en la nieve y en las esculturas funerarias, creando un espectáculo que parecía pertenecer a otro mundo. ¿Había sido el viento o había escuchado el sonido de unas voces? 

No, no había nadie allí, ¿quién osaría a aventurarse en un cementerio en una noche como aquella?

Tranquilizándose, se dispuso a continuar, solo que esta vez agarró la pala que llevaba con más fuerza e hizo lo mismo con su saco de herramientas. Ya casi había llegado a su destino: el lugar donde, estaba seguro, reposaba su tesoro. 

¡Ah, su tesoro! “El corazón de Sarasvati”, la diosa hindú del conocimiento y la sabiduría, un magnífico diamante azul de casi cuarenta quilates, tan grande como el “Diamante Hope”, pero mucho más puro y cristalino. 

Durante siglos había sido custodiado por los sacerdotes de aquel templo, en aquella recóndita región de la India, casi en la frontera con Nepal. 

Pero, cuando él y Robert lo descubrieron, no dudaron en hacerlo suyo. En aquella época eran solo dos jóvenes oficiales de bajo rango, chicos humildes que habían sabido medrar en el ejército de Su Majestad la Reina Victoria a base de valor y pocos escrúpulos, pero ambos sabían que, a su regreso a casa, no habría gloria para ellos. “El corazón de Sarasvati” era su única oportunidad.

Él había hecho todo el trabajo sucio: arriesgarse, luchar, matar… Mientras, Robert se había limitado a trazar un plan para que pudieran salir con vida de aquella aventura. 

Cuando descubrió que Robert se había marchado con la joya, dejándole como único responsable de las muertes del templo, ya era demasiado tarde. Fue apresado, juzgado y condenado, y no podía sino agradecer a su suerte haber logrado escapar con vida. Después habían venido los años duros de supervivencia, siendo un proscrito perseguido por sus propios compatriotas. Había tenido que robar, mendigar y suplicar; se había tenido que arrastrar ante los señores más crueles y realizar las tareas más degradantes. Muchas noches se había ido al catre sintiendo dolor en cada poro de su cuerpo y con el corazón a punto de estallarle de odio y de rencor. 

Solo su deseo de venganza le había mantenido vivo, día tras día, año tras año.

Y, después de haberlo buscado por medio mundo, resultó que el malnacido de Robert había regresado a su Londres natal. ¡Treinta años! ¡Le había costado treinta malditos años encontrarlo! Y cuando lo hizo, ya había muerto.

Volvió a detenerse. Esta vez sí estaba seguro de haber escuchado unas voces a su espalda. Pero, ¿quién podía ser? Ni siquiera el guarda osaría a entrar en el cementerio a medianoche en Nochebuena. Contuvo la respiración unos instantes, hasta que estuvo seguro de que no había nadie allí. 

El corazón le dio un vuelco al ver unas ramas proyectarse sobre un mausoleo donde debía estar su propia sombra pero, justo entonces, le pareció que algo se movía tras él y se giró súbitamente: nada.

Ahora sentía que su corazón latía con más fuerza y que un sudor frío le corría por la espalda, pero se obligó a continuar. Estaba solo a pocos metros de la tumba de aquel traidor y no iba a detenerse ahora, ni por todos los demonios del Averno. 

Porque, para su sorpresa, el viejo Robert había vivido holgadamente, sí, pero sin grandes lujos. Sin duda, no pudo vender la joya. Había registrado su casa, investigado su testamento, perseguido a su esposa y a sus hijos… Ni rastro del “Corazón de Sarasvati”. Así que el maldito avaro debía habérsela llevado con él a la tumba, no podía ser de otra manera, y él iba a hacerse con ella, costara lo que costase.

—¡Aquí es, mira! ¿Lo ves? —escuchó decir a su espalda, mientras la luz cegadora de un farol le hizo retroceder. Corrió a esconderse tras la tumba, pero ya era tarde, lo habían descubierto.

—¡Ya lo creo que sí! ¡Claro que lo he visto! ¡Era un anciano, y llevaba una pala!

Salomon sintió que su corazón se aceleraba y que las fuerzas comenzaban a fallarle. A su alrededor, todo comenzó a tornarse oscuridad, mientras él se aferraba al recuerdo de aquella joya azul. Las voces de los extraños se acercaban amenazadoramente. 

—¡Era él, el fantasma de la pala! Menos mal que tú también eres testigo, ahora ya no soy el único. ¡Lo llevo viendo cada Navidad desde hace tres años, cuando lo encontramos muerto la mañana del 25 de diciembre! Nadie sabe qué quería, solo que estaba intentando desenterrar el cadáver de esa tumba de ahí. Solo Dios sabe con qué malvado propósito. 

Arropado por la oscuridad y el olvido, Salomon Blake no pudo ya escuchar las palabras de los guardas de Highgate. Mientras el sueño se adueñaba de su alma intranquila, su único pensamiento fue para “El corazón de Sarasvati”, rogándole que le diera fuerzas para continuar su búsqueda, aunque solo fuera un día más.

Cuento de Nochevieja

5 enero, 2020 | mercado | No hay comentarios

31 de diciembre: la única noche del año en la que se permitía pensar en “aquello”. Lo ocurrido hacía justamente cincuenta años y que había marcado su vida para siempre.

En el silencio de la noche y la soledad de su habitación, dejó, sin oponer resistencia, que los recuerdos llegaran a su encuentro. Apartó las sábanas y se acurrucó entre ellas, no sin cierto esfuerzo, sintiendo el frío contacto de los hilos de algodón y sabiendo que, en esta ocasión, tampoco encontraría el calor de él para confortarla. Estaba sola. 

Desde algún lugar recóndito de su alma, las imágenes de aquella lejana noche fueron llegando a su memoria: el gran salón con las luces de Navidad, un fuego alegre chisporroteando en la chimenea, el cristal de las arañas desprendiendo destellos de colores que se reflejaban en los espejos.

Sí, casi parecía que estuviera allí. Si se concentraba mucho, incluso podía escuchar la música, ¿era un Foxtrot eso que sonaba? Era difícil de decir porque el sonido se confundía con las voces y las risas de los invitados.

Aquella noche se había hecho ondas al agua en el pelo y había elegido un largo collar de perlas con un cierre de zafiros. Recordaba su reflejo en el espejo: la imagen de una mujer joven y hermosa, con un magnífico vestido de “The House of Worth” en seda y encaje negros. Y casi podía percibir su antiguo perfume, Chanel Nº5.

Se vio a sí misma abriendo las puertas de la habitación y adentrándose, con paso titubeante, en el gran salón. Tras ella, dos ancianas cuchicheaban, señalándola.

Apretó la nota que llevaba en su mano y se dirigió, con paso firme, hacia su marido.

Jaime, alto y apuesto, vestido de frac, la esperaba al otro lado del salón. Nada más verla, se apresuró a tomar una copa para ella y a recibirla con una sonrisa. 

Pero Jaime no llegó a ofrecerle aquella copa; ella jamás llegó a saber lo que él iba a decirle con aquel brillo en sus ojos; la orquesta nunca comenzaría a tocar una nueva pieza.

Y sin embargo, ¡cómo deseaba haber saboreado el champán helado, escuchar las palabras de su marido, saber qué iba a tocar la orquesta a continuación!

Pero aquel instante se había roto para siempre con solo cuatro palabras, de las que siempre se arrepentiría:

“Me marcho con Luigi”. 

Al girarse, dejó caer con su vestido una pequeña bola de nieve de cristal tallado, pero no se detuvo.

Abandonó la casa, sintiendo la mirada de devastadora tristeza de Jaime tras ella, mientras la música dejaba de sonar con un silencio atronador y la casa se enfriaba con los murmullos de los invitados. 

Nevaba cuando salió a la calle, pero el flamante Hispano-Suiza de Luigi la esperaba a escasos pasos, tal y como le había prometido en la nota.

***

Cuando su amante la abandonó, apenas dos meses después, ella nunca pensó que Jaime volvería a aceptarla. 

Y, sin embargo, él la acogió. Como si no hubiera pisoteado su corazón, como si nunca hubiera dejado de amarla locamente porque, de hecho, así había sido.  

¡Cuánto lo echaba de menos!

Se levantó. Por algún motivo, necesitaba encontrar aquel viejo adorno navideño. Habían pagado mucho más de lo que valía a aquel anticuario de Mayfair. “Es una bola muy especial” les había dicho. Y, aunque no lo creyeron, estaban en su luna de miel y eran felices. ¿A quién le importaba unas libras más o menos?

Descalza, sacó la bola de su escondite y la sostuvo en silencio, en la oscuridad de la habitación, sintiendo su frío tacto y la pequeña rotura de aquella noche.

 Y, entonces, ocurrió.

 Sin haberla agitado, la nieve inundó todo el pequeño espacio y las ventanas de la diminuta casita se iluminaron, como por arte de alguna extraña magia. 

Sorprendida, contempló la bonita escena hasta que algo llamó su atención. 

Fuera de la habitación, las luces se habían encendido. Corrió a ver qué ocurría y ya estaba a punto de abrir las puertas cuando lo percibió: Chanel Nº5, el perfume que llevaba cincuenta años sin usar, flotando en el aire. 

Súbitamente, también el dormitorio se iluminó y, al contemplarse en el espejo, no pudo creer lo que veía: volvía a tener veintisiete años y llevaba su vestido de Worth.

Justo como aquella Nochevieja, cincuenta años atrás.

Desde fuera llegaba el sonido de la música y el murmullo de las voces y las risas de los invitados. 

Se acercó con cuidado como si, con cada paso que diera, el hechizo pudiera desvanecerse y abrió las puertas adentrándose en el salón.

Los camareros serpenteaban entre los invitados y la canción que sonaba estaba a punto de finalizar. 

Al otro lado del salón, Jaime la esperaba, con una sonrisa en su mirada.

¿Cómo era posible? ¿Podía ser cierto aquello? 

Notó que su corazón comenzaba a latir con más fuerza y que todo daba vueltas a su alrededor. Descubrió en su mano derecha la nota de Luigi. 

Pero, en esta ocasión, no volvería a cometer el mismo error.

Con decisión, fue hacia su marido, que la contemplaba con tanta admiración y cariño que sintió que su corazón iba a estallar en mil pedazos. Cuando llegó junto a él, Jaime le ofreció la copa que tenía en la mano y, acercándose, le susurró: “Esta noche estás más hermosa que nunca”. 

La orquesta comenzó a tocar: la canción que en su recuerdo nunca pudo escuchar era un vals de Strauss.

“¡Eh! ¿Qué pasa?” le dijo él, sonriendo, mientras ella lloraba en silencio y se dejaba arrullar por su abrazo cálido y su olor a madera e incienso.

“Es que esta noche es la más feliz de mi vida”, le respondió, “solo que no lo he sabido hasta ahora”.

Él la miró sin comprender, pero ya no importaba, porque las notas de Strauss se alzaron en la casa, alegres, rápidas y elegantes al tiempo que ellos comenzaban a bailar. 

Fuera, había comenzado a nevar.