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Subasta de arte y antigüedades: Cómo comprar y preguntas frecuentes

Cómo comprar en una subasta de arte y antigüedades.

Una de las mejores cosas de trabajar en una casa de subastas es que todo el mundo siente curiosidad. Especialmente cuando conoces a alguien nuevo que no pertenezca al mundillo del mercado del arte, decir que trabajas en una casa de subastas es una manera estupenda de romper el hielo e iniciar una conversación. Inmediatamente surgen preguntas como: ¿Y qué haces exactamente? ¿Y todo el mundo puede pujar? O mi favorita: ¿Es verdad que si estornudas tienes que comprar lo que se esté subastando?

Como me encanta hablar de mi trabajo, disfruto contestando y normalmente la conversación sigue un derrotero ameno y divertido, pero este tipo de situaciones siempre me hace pensar en el gran desconocimiento del mundo de las subastas que sigue existiendo, incluso a día de hoy.

Por eso, en esta entrada voy a dar respuesta a algunas de las preguntas que más se repiten. Si te interesa descubrir cómo se vende en una casa de subastas (es decir, el otro lado de las subastas), puedes dejarme un comentario. Si llegamos a 30 peticiones, prometo una entrada sobre el tema la semana que viene. 

Espero que te sea útil y si tienes alguna pregunta, no dudes en dejarla en los comentarios o nuestro Facebook.

 

  1. ¿Cómo es asistir a una subasta?

Bueno, pues depende sobre todo de la casa a la que asistas. Si vas a una de las sedes en Nueva York o en Londres de una de las grandes casas internacionales, Christie’s o Sotheby’s, es un auténtico espectáculo. En las más importantes de la temporada se sirve Champagne, caviar y canapés y hay un ambiente festivo y desenfadado muy agradable. No obstante, aunque la puesta en escena pueda parecer casual, todo está cuidado al detalle y totalmente enfocado al objetivo final: la venta de las piezas al mayor precio posible. El “auctioneer”, la persona que dirige la subasta y se encarga de adjudicar las obras es siempre un profesional con muchos años de experiencia y se nota en cada movimiento y en cada gesto. Es el responsable de mantener el ritmo de forma que la subasta no se haga pesada (una subasta demasiado larga puede ser, y de hecho es, soporífera). Existe durante todo el tiempo de la subasta cierta emoción contenida y cuando se adjudica una pieza disputada es común aplaudir y felicitar al ganador (en nuestro argot las pujas “se ganan”) si es que se encuentra en la sala.

Acudir a una de estas subastas importantes en estas casas es realmente una experiencia inolvidable y lo aconsejo encarecidamente. Incluso aunque no vayas a pujar por nada, merece la pena porque es una oportunidad de aprender de los mejores y de conocer gente interesante.

Si asistes a una subasta en España, la experiencia, en comparación, es más, digamos… anodina. Aunque el “auctioneer” se esfuerce en dar un tono ameno y dinámico, el ritmo es totalmente diferente y no existe esa sensación de “emoción” que las  grandes casas anglosajonas han logrado a la perfección.

2. ¿Las obras están físicamente en la subasta?

Esto depende sobre todo de la casa de subastas. En algunas ocasiones las obras (lotes) están expuestas para que los asistentes puedan verlas, en otras, sólo se ven por fotografías en diapositivas. En las grandes casas suelen mostrarlas durante la puja. En todo caso, todas las casas suelen haber tenido las obras expuestas durante unos días antes para que puedan ser examinadas por los potenciales compradores. Como sabes, en Tasartia,  recomendamos no comprar jamás una obra que no se ha visto personalmente, por diferentes motivos, todos ellos de gran peso. Es mejor ir unos días antes de la subasta para ver las piezas tranquilamente y hacer todas las preguntas que nos puedan surgir de forma que cuando vayamos a pujar tengamos claro qué piezas queremos conseguir y cuál es el precio máximo que estamos dispuestos a pagar por ellas.

3. ¿Hay que pagar algo por ir a una subasta?

No hay que pagar nada por asistir a una subasta, pero sí es importante saber que hay que pagar una comisión por la compra, así como otros costes añadidos. Es decir, al precio de la puja ganadora deberás sumar la comisión de la casa de subastas (suele oscilar entre un 25% y un 5% según la casa), los impuestos y los gastos de transporte, en los casos en que proceda, así como otros posibles costes que pueda tener la casa.

Normalmente, al encontrarnos en el mercado secundario, los precios de salida y de estimación suelen ser muy atractivos. Es algo que en el mercado conocemos bien, cuanto más bajo es el precio de salida, más posibilidad hay de que los pujadores se enzarcen en una lucrativa lucha de pujas y que se alcance un precio de remate más elevado. Como comprador, debes tener en cuenta tu presupuesto máximo incluyendo la comisión de compra, el coste del transporte y cualquier otro posible gasto añadido que pueda tener la casa. El momento de visitar la exposición de las obras antes de la subasta es excelente para plantear todas estas dudas al personal  y no encontrarte con una desagradable sorpresa si te adjudican el lote.

4. ¿Si estornudo me adjudican la pieza?

Rotundamente no 🙂

Es más, para poder pujar deberás registrarte primero y dar todos tus datos de contacto, así como facilitar una cuenta bancaria o número de tarjeta. Si quiere hacer una puja levanta la mano de forma que el auctioneer te vea claramente y no tenga ninguna duda de tu intención.

No obstante, ten en cuenta que las pujas son vinculantes y que si levantas la mano te comprometes a pagar la cantidad en curso. Si la pieza se te adjudica no puedes echarte atrás, por eso jamás pujes sin estar completamente seguro o pensando que te van a superar y no tendrás que pagar (algo bastante tonto, pero que incomprensiblemente, pasa). Hasta que el auctioneer no formule su famoso: “A la de tres” y deje caer el martillo sobre la mesa, la obra no se habrá adjudicado y siempre se aceptarán nuevas pujas. Pero una vez ha caído el martillo no hay marcha atrás.

5. ¿Algún truco para hacerme con una ganga?

Hay varios. Pero uno muy sencillo: si te gusta un lote que no llegó a adjudicarse, pregunta por él al día siguiente de la subasta. Es muy posible que el vendedor esté dispuesto a negociar por debajo del precio de salida.

Si tienes alguna pregunta, puedes dejarla en los comentarios o seguirnos en Facebook.

Tasartia: Valoración de obras de arte y antigüedades y asesoramiento en compra venta.

 

 

El sillón del auténtico Mr. Darcy se subasta por 2.300 libras

Sofá perteneciente a Thomas Lefroy

Thomas Lefroy, el supuesto inspirador de Mr. Darcy

Retrato de Jane Austen

Jane Austen y todo lo que la rodeó parece estar hoy en día más en voga que nunca. Así parece confirmarlo el precio de remate alcanzado por este sofá que perteneció a Thomas Lefroy, al parecer, el hombre que inspiró el personaje de Mr. Darcy. Las 2.300 libras esterlinas que se han pagado por él son el doble del precio estimado, superando por tanto las expectativas que, ya de por sí, eran altas.

Realizado en madera de caoba en estilo regencia y retapizado posteriormente con un tejido art-noveau, el sofá en sí mismo no es una pieza muy atractiva. Pero si tenemos en cuenta que perteneció al hombre por el que han suspirado millones de chicas adolescentes (y no tan adolescentes) desde que Jane Austen publicó Orgullo y Prejuicio, su interés y con ello su valor, suben considerablemente.

Jane y Thomas se conocieron de jóvenes y tuvieron un corto romance en 1796, año en que la autora escribió su obra más famosa, dando vida a la inolvidable familia Bennet y al casi perfecto Mr. Darcy. Sin embargo, ese mismo año, el noviazgo se rompió al marcharse  él a Irlanda para ocupar un puesto en las cortes judiciales. En Irlanda Thomas Lefroy continuó con su vida, casándose con otra mujer y comprando una mansión para la que adquiriría el sofá que nos ocupa. Jane Austen nunca se casó.

Y es que, en la vida real, no siempre los finales son tan perfectos como en las deliciosas novelas de Jane Austen.

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

La incógnita Fabergé

Entre 1883 y 1917 Peter Carl Fabergé, el joyero oficial de la Corte Imperial Rusa, uno de los más famosos e influyentes de su tiempo, realizó un total de 69 huevos de Pascua, conocidos como Huevos Fabergé, para el Zar, la aristocracia y la élite industrial y financiera. De ellos, se conservan 61.
¿Dónde están los ocho huevos restantes?

Se trata de una de las grandes incógnitas de la Historia del Arte sobre la que han corrido no pocos ríos de tinta y se han aventurado teorías varias. Lo cierto es que a día de hoy, los huevos desaparecidos, todos ellos pertenecientes a la llamada “categoría imperial” (fueron realizados para la familia del Zar) sigue siendo un enigma.

María Fiodorovna, para quien el zar Alejando III encargó el primer Huevo Fabergé
Pero empecemos por el principio. ¿Qué son los Huevos Fabergé?
Retrato de Peter Carl Fabergé en su taller
Para la Pascua de 1883, el zar Alejandro III, padre del último zar, Nicolás II, encargó a Fabergé un huevo de Pascua muy especial como regalo para su joven esposa, María Fiodorovna (nacida Dagmar de Dinamarca). Como todas las princesas que son enviadas lejos de su país y de su familia para ser casadas con un completo desconocido y reinar en un país en el que eran extranjeras, María añoraba su hogar y a sus padres y eso la hacía sentirse triste y melancólica. Este regalo probablemente fue un intento de alegrarla y, por lo que sabemos, lo consiguió. Consistía en un huevo con cáscara de platino que dentro contenía otro más pequeño de oro. Al abrir este segundo huevo dentro se encontraba una gallina de oro en miniatura que portaba la corona imperial rusa sobre su cabeza. Para realizarlo, el joyero se había inspirado en otro existente en la colección de la casa real danesa, recordando así al país natal y el hogar de la joven.
Primer Huevo Fabergé. Inspirado en otro similar perteneciente
a la casa real danesa.
De hecho, el huevo tuvo tanto éxito que el zar ordenó que cada año Fabergé realizara uno nuevo para la zarina, estipulando solamente que éste fuera único y que contuviera una sorpresa en su interior, quedando así instaurada una tradición que heredaría su hijo, Nicolás II. 
Para el diseño de los huevos imperiales, Fabergé se basaba en los diferentes estilos artísticos europeos, desde el Barroco al Modernismo (ya entrado el siglo XX) así como en piezas orientales que habían comenzado a ponerse de moda a partir del siglo XVIII a través del comercio vía Venecia y que pudo contemplar durante sus viajes por Europa.

Huevo de la tela de araña

Creó huevos para la conmemoración de acontecimientos especiales, como la coronación del zar Nicolás II, la finalización de la línea del tren Transiveriano o diversos aniversarios importantes. La sorpresa del interior era siempre mantenida en riguroso secreto, incluso para el mismo zar. El yate imperial Standart, el Palacio de Alejandro, el Palacio Gátchina o la Catedral Uspensky son algunos ejemplos de las miniaturas que contenían.

Huevo de la Coronación
Miniatura del yate imperial ruso
Huevo del Pamiat Azov
Las técnicas y materiales utilizados eran tan variadas como los mismos huevos. Fabergé se enorgullecía al afirmar que se realizaban únicamente con metales, minerales y piedras procedentes de la misma Rusia. Oro, platino, plata, cobre, níquel, paladio, etc, se combinaban con minerales como el jaspe, malaquita, rodonita, lapislázuli, etc. para conseguir diferentes colores para la “cáscara” del huevo, a la que posteriormente se añadían piedras preciosas y semipreciosas procedentes de las minas rusas. También las miniaturas contenían piedras preciosas. 
Huevo del Transiveriano
Los precios de todas estas piezas en el mercado son, obviamente, elevadísimos. A la calidad artística de las obras hay que sumar el coste de las piedras preciosas y el resto de materiales y, sobre todo, el altísimo valor histórico que suponen en sí mismas. Si añadimos la escasez (sólo contamos con 61 huevos localizados, la mayoría en museos que no van a desprenderse de ellos) y la gran demanda por parte de coleccionistas ansiosos por conseguir piezas tan exclusivas, nos salen cifras de vértigo. El conocido como Huevo Rothschild fue subastado en 2007 por Christie’s Londres con un precio de remate de 12,5 millones de euros y en 2002 el llamado Huevo de Invierno, realizado con más de 3.000 pequeños diamantes y cristales, fue vendido por  9,5 millones de dólares a un coleccionista de Qatar.

Huevo de Invierno, vendido por 9,5 millones de dólares en 2002
Los demás huevos no imperiales, encargados por personajes relevantes de la época, como Alfred Nobel, el Príncipe Yussupof, la Duquesa de Marlborough o la familia Rothschild han llegado perfectamente a nuestros días. Los huevos de la familia Romanov, sin embargo, han corrido otra suerte bien distinta.

Huevo “Pedro El Grande”
Fabergé realizó 52 huevos imperiales, 44 de los cuales están localizados aunque dos de ellos, el denominado “de la constelación del Zarevich” y el huevo de “abedul de Karelia”, los últimos encargados en 1917, nunca fueron terminados ni entregados por el estallido de la Revolución Rusa y la ejecución de la familia Romanov. Los ocho restantes se encuentran actualmente perdidos. De cinco de ellos tenemos documentos gráficos pues aparecen en fotografías realizadas a la familia del zar. De los otros tres no tenemos más que los nombres con que aparecen en los contratos de encargo de la Casa Fabergé por lo que no sabemos cómo podían ser ni qué aspecto tenían.
¿Qué ha sido de estos ocho huevos Fabergé? ¿Fueron desmontados para hacer con ellos otras joyas? ¿Fueron destruidos para vender las piezas por separado? ¿Acabaron en el fondo de la bolsa de uno de los soldados que tomaron el Palacio de Invierno en 1917 y jamás han salido de ahí? 
¿O se encuentran ocultos en alguna caja de seguridad de un banco suizo esperando a que alguien considere que ha llegado el momento de que vuelvan a la luz?
Los Huevos Fabergé son el testimonio de un tiempo pasado, los testigos elocuentes de los excesos cometidos por una élite incapaz de reaccionar ante los cambios sociales que se estaban produciendo y ajena por completo al sufrimiento de su pueblo, que demandaba auxilio a gritos. Gritos que fueron silenciados a golpe de bayoneta y fuego a discreción, como en la masacre del denominado Domingo Sangriento, el 22 de enero de 1905, cuando las tropas del zar cargaron contra una masa de obreros desarmados (numerosas mujeres y niños entre ellos) que se habían dirigido al palacio a solicitar audiencia para exponer las condiciones de miseria en que vivían.

Una época que quizás, más de cien años después, no nos resulte tan ajena.
Pero, volviendo a nuestros huevos desaparecidos…¿Aparecerán algún día? ¿Qué habrá sido de ellos?

¿Qué pensáis?

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Las cartas postulaneas

Como sabéis muchos amigos que visitáis a menudo el blog, tengo una especial predilección por los mapas antiguos. Estos que traigo en esta ocasión son muy especiales: las cartas postulaneas, también conocidas como postulanos.

Se trata de cartas de navegación que comenzaron a desarrollarse a partir del siglo XIII, gracias al uso y generalización de la brújula y que continuaron utilizándose hasta muy entrada la Edad Moderna, aunque la mayoría de los que nos han llegado datan de los siglos XIV y XV.

Las cartas postulaneas incorporan una serie de elementos novedosos que fueron toda una revolución en su momento, como resultado de un conocimiento más avanzado del mundo y de las matemáticas, y que  más tarde heredarán las cartas de navegación moderna, llegando hasta nuestros mapas actuales, como el uso de retícula y la escala gráfica de tronco de agua.

La mayoría de ellos describían rutas comerciales, consideradas secreto de Estado, por lo que se trataban de documentos de gran valor, custodiados con gran diligencia, y cuyo robo o venta a otras potencias se consideraba delito de alta traición.

Actualmente existe una polémica de carácter historiográfico sobre si el origen de estas cartas es español o italiano. Lo que sí sabemos con total certeza es que lo más complejos, sofisticados y perfectos fueron los realizados por los maestros mallorquines. De hecho, desarrollaron un estilo y una técnica particulares que llegaron a exportarse a Italia. No en vano, cuando el infante Enrique el Navegante ve clara la necesidad de que los portugueses dominen este arte, contrata al judío mallorquín Jafuda Cresques, hijo de Abraham Cresques, quien realizó la obra cumbre de las cartas postulaneas, el llamado Mapamundi de Cresques, en 1375 y que actualmente se conserva en la Biblioteca Nacional de París.

Las imágenes que podéis ver son de la Biblioteca Nacional, que posee una amplia colección de estas preciosas cartas.

Actualmente la mayoría de estas cartas se encuentran en museos y es muy difícil verlas en el mercado, lo que hace que el precio que pueden alcanzar en las raras ocasiones que salen a la venta sea muy elevado.

¿Tienes mapas antiguos y quieres saber su valor?  

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Regala una tasación con Tasartia

¿Buscando ideas originales para regalar en Navidad? 

Seguro que a esa persona en quien estás pensando le gustaría mucho conocer la historia del cuadro heredado de la abuela, de su mueble favorito que lleva toda la vida en la familia o del reloj de bolsillo que el abuelo siempre conservó consigo. 

Estas Navidades regala una tasación de arte con Tasartia.

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El libro más caro de la Historia

El próximo 26 de noviembre Sotheby’s sacará a la venta el que se espera que sea, probablemente, el libro más caro de la Historia, el famoso Bay Psalm Book. El precio estimado se ha calculado entre 15 y 30 millones de dólares. Hasta ahora, el libro más caro de la Historia es el no menos famoso Codex Leicester, manuscrito de Leonardo da Vinci y que Bill Gates adquirió en 1994 por 30 millones de dólares.
¿Y qué hace que sea tan especial? Pues que se trata del primer libro impreso en Norteamérica cuando aún no se había convertido en Estados Unidos, que sólo existen 11 ejemplares más en el mundo y que éste es el único que se está actualmente en el mercado pues los demás se encuentran en bibliotecas estatales que no tienen intención de vender semejante joya. The Bay Psalm Book fue impresa en Cambridge (Massachusetts) en 1640 por encargo de un grupo de nuevos colonos y realizada por Richard Mather, autor principal del texto y traductor del Libro de los Salmos del hebreo al inglés. Fue subastada en 1947 alcanzando el récord de subasta por una obra impresa.
 ¿Alcanzará el precio esperado? ¿Se convertirá en el libro más caro de la Historia desbancando al Codex Leicester?
¿Qué pensáis?
Recuerda que en Tasartia podemos ayudarte a conocer el valor de tus obras de arte y antigüedades y a venderlas en el mercado internacional. 
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Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Secretos tras el espejo

Mesa-vestidor. 1760-1770
Francia
Si hoy la mayoría de nosotras suspiramos por un vestidor, durante los siglos XVIII y XIX, era la mesa-vestidor la estrella de todo dormitorio femenino cuya dueña se preciara de ir siempre perfecta.
Se trataba de un mueble mixto que, además de servir de escritorio, se utilizaba para guardar todo lo necesario para la complicada toilette de la época: tenacillas, adornos para el pelo, alfileres, joyas, maquillaje…
Algunos, como el que mostramos en la imagen, tenían cajones con llave para guardar los objetos más personales o la correspondencia privada. Otros compartimentos se reservaban para el material de escritura como botes de tinta y pinceles.Este, además de muy completo, era de gran calidad. El interior de los cajones estaba forrado en terciopelo verde y contaba con un espejo central que se podía cerrar para ser usado como escritorio y que se remataba en piel para tal uso. La elegancia de las líneas y los apliques en madera dorada hacían de él un mueble femenino y coqueto pero al mismo tiempo práctico y útil.
Con el tiempo, este tipo de muebles fue desapareciendo, dejando lugar a otro mucho más funcional pero menos romántico; la peinadora, que aún podemos encontrar fácilmente en el dormitorio de algunas de nuestras abuelas. 
Todas las antigüedades tienen una historia que contar. Pero esta mesa-vestidor estoy segura de que tiene varias. ¿Quiénes se reflejaron a ese espejo, intentando lucir lo más guapa posible ante una cita con el hombre de su vida? ¿Qué cartas se guardaron bajo llave en sus cajones? 
Sí, estoy segura de que este precioso mueble tendría muchas buenas historias que contarnos…
Feliz miércoles. 😉
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Kintsugi, el arte perdido japonés

El kintsugi o kintsukuroi es una técnica japonesa originaria del siglo XV que consistía en unir, usando una laca especial y polvo de oro, las piezas rotas de un objeto de cerámica, cristal, porcelana u otros materiales como el bambú. Concebida como una forma de devolver a la vida a objetos rotos, pronto se popularizó debido a la elegante belleza que otorgaba a las piezas hasta tal punto que, según las crónicas, a veces se rompían objetos a posta para poder volver a unir las piezas. El resultado era, verdaderamente, muy hermoso.
La hermosa decadencia de las piezas tratadas usando kintsugi era muy del gusto europeo. A partir del siglo XVII, con las primeras misiones jesuitas que llegan a Japón y las nuevas rutas comerciales que se abren con Oriente, jarrones y otras piezas similares comienzan a ser muy demandadas, tanto que pronto surgen  falsificaciones en las que, simplemente, se pintan líneas doradas sobre el material para imitar el efecto de la uníón de piezas rotas del Kintsugi. Nos han llegado obras de este tipo que fueron tomadas por buenas por los inocentes europeos que las adquirían.
Una pieza realizada con la técnica del Kintsugi era, en realidad, bastante cara. La laca con la que se unían los trozos se obtenía a partir de la resina de un árbol llamado toxicodendrom vernicfluum, que, como el propio nombre indica, era altamente tóxico. Se trata de una planta que crece en Japón, Korea, parte de China y el sudeste asiático y que llega a alcanzar los 20 metros de altura. Uno de estos árboles producía sólo una taza de resina en seis meses, de ahí su elevado precio. Si a esto le sumamos el polvo de oro y el lento proceso de unir las piezas con sumo cuidado y respetando unos tiempos de secado y exposición determinados es fácil comprender que el Kintsugi no estuviera al alcance de todos los bolsillos.
La unión debía hacerse sin que la laca sobresaliera por ninguna parte ni se apreciaran aglomeraciones, uniendo los trozos sutilmente, como podemos comprobar en las imágenes. De lo contrario se trataba de obras de escaso valor y calidad.
A pesar de su popularidad, esta técnica centenaria fue, poco a poco, cayendo en desuso hasta que durante el siglo XX dejó de usarse casi por completo. Sin embargo, recientemente, numerosas escuelas de Kintsugi han ido apareciendo por todo el mundo. No es de extrañar. La idea de recuperación, de reciclaje y de respeto a nuestro ecosistema en pro de un consumo sostenible casa perfectamente con la filosofía de respeto al pasado y de valorar la belleza y la historia de la obra de arte recuperada. 
Pero personalmente, me cautiva la idea de que la obra gane valor y belleza a pesar del daño sufrido. Quizás pase lo mismo con las personas. ¿Quién no ha tenido alguna vez que recomponer los trozos de su alma rota y volver a empezar después de un duro golpe? Los errores pasados, una vez superados, nos aportan valor, nos hacen más prudentes, más tolerantes, más sabios. 
¿No será ese, quizás, este el verdadero secreto de la belleza del Kintsugi?

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El secreto del anillo de Isabel I

Anillo de oro y rubíes perteneciente a Isabel I de Inglaterra.
Imagen de Donna Kafer para European Women in History.
Todos conocemos la triste historia de Ana Bolena (Anne Boleyn). Segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra y gran defensora del protestantismo. Fue decapitada por orden de su marido bajo acusaciones de adulterio y traición y perdió su vida a manos de un verdugo en la Torre de Londres.
No obstante, los caminos de la Historia son tortuosos  y caprichosos y años más tarde, su única hija, Isabel, ascendió al trono, convirtiéndonse en reina de Inglaterra y llevando a su país a un nivel de prestigio y prosperidad nunca vistos hasta entonces. 
Isabel nunca habló de su madre ni de su suerte en público. Sin embargo, tras su muerte, al desprender el anillo de uno de sus dedos, se descubrió que en su interior llevaba dos miniaturas: su propio retrato y el de su madre. De esta forma, Ana, que falleció siendo ella muy pequeña, la había acompañado a lo largo de todos sus años de reinado.
Este tipo de joyas con miniaturas en su interior eran muy frecuentes en la época y continuaron siéndolo siglos más tarde. A raíz de la aparición de la fotografía, las miniaturas se sustituyeron por éstas, mucho más baratas. Las joyas con retratos de seres queridos o incluso algún mechón de cabello fueron muy populares y se utilizaron, de distintas formas, hasta principios del siglo XX. 
Pero sin embargo, ¿quién no lleva hoy en día una fotografía de la persona más querida consigo? ¿En la cartera, en el móvil o entre las páginas del libro que está leyendo? Quizás es que, como Isabel I, todos necesitamos sentir que nuestros seres queridos están siempre con nosotros, pase lo que pase, allá donde vayamos.
¿Y vosotros? ¿Conocéis alguna joya parecida? ¿Lleváis con vosotros la foto de alguien querido? 
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)