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Regala una tasación con Tasartia

15 diciembre, 2013 | antigüedades, Arte, mercado | No hay comentarios

¿Buscando ideas originales para regalar en Navidad? 

Seguro que a esa persona en quien estás pensando le gustaría mucho conocer la historia del cuadro heredado de la abuela, de su mueble favorito que lleva toda la vida en la familia o del reloj de bolsillo que el abuelo siempre conservó consigo. 

Estas Navidades regala una tasación de arte con Tasartia.

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El próximo 26 de noviembre Sotheby’s sacará a la venta el que se espera que sea, probablemente, el libro más caro de la Historia, el famoso Bay Psalm Book. El precio estimado se ha calculado entre 15 y 30 millones de dólares. Hasta ahora, el libro más caro de la Historia es el no menos famoso Codex Leicester, manuscrito de Leonardo da Vinci y que Bill Gates adquirió en 1994 por 30 millones de dólares.
¿Y qué hace que sea tan especial? Pues que se trata del primer libro impreso en Norteamérica cuando aún no se había convertido en Estados Unidos, que sólo existen 11 ejemplares más en el mundo y que éste es el único que se está actualmente en el mercado pues los demás se encuentran en bibliotecas estatales que no tienen intención de vender semejante joya. The Bay Psalm Book fue impresa en Cambridge (Massachusetts) en 1640 por encargo de un grupo de nuevos colonos y realizada por Richard Mather, autor principal del texto y traductor del Libro de los Salmos del hebreo al inglés. Fue subastada en 1947 alcanzando el récord de subasta por una obra impresa.
 ¿Alcanzará el precio esperado? ¿Se convertirá en el libro más caro de la Historia desbancando al Codex Leicester?
¿Qué pensáis?
Recuerda que en Tasartia podemos ayudarte a conocer el valor de tus obras de arte y antigüedades y a venderlas en el mercado internacional. 
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Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Secretos tras el espejo

2 octubre, 2013 | antigüedades, Artes decorativas | 2 comentarios

Mesa-vestidor. 1760-1770
Francia
Si hoy la mayoría de nosotras suspiramos por un vestidor, durante los siglos XVIII y XIX, era la mesa-vestidor la estrella de todo dormitorio femenino cuya dueña se preciara de ir siempre perfecta.
Se trataba de un mueble mixto que, además de servir de escritorio, se utilizaba para guardar todo lo necesario para la complicada toilette de la época: tenacillas, adornos para el pelo, alfileres, joyas, maquillaje…
Algunos, como el que mostramos en la imagen, tenían cajones con llave para guardar los objetos más personales o la correspondencia privada. Otros compartimentos se reservaban para el material de escritura como botes de tinta y pinceles.Este, además de muy completo, era de gran calidad. El interior de los cajones estaba forrado en terciopelo verde y contaba con un espejo central que se podía cerrar para ser usado como escritorio y que se remataba en piel para tal uso. La elegancia de las líneas y los apliques en madera dorada hacían de él un mueble femenino y coqueto pero al mismo tiempo práctico y útil.
Con el tiempo, este tipo de muebles fue desapareciendo, dejando lugar a otro mucho más funcional pero menos romántico; la peinadora, que aún podemos encontrar fácilmente en el dormitorio de algunas de nuestras abuelas. 
Todas las antigüedades tienen una historia que contar. Pero esta mesa-vestidor estoy segura de que tiene varias. ¿Quiénes se reflejaron a ese espejo, intentando lucir lo más guapa posible ante una cita con el hombre de su vida? ¿Qué cartas se guardaron bajo llave en sus cajones? 
Sí, estoy segura de que este precioso mueble tendría muchas buenas historias que contarnos…
Feliz miércoles. 😉
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El kintsugi o kintsukuroi es una técnica japonesa originaria del siglo XV que consistía en unir, usando una laca especial y polvo de oro, las piezas rotas de un objeto de cerámica, cristal, porcelana u otros materiales como el bambú. Concebida como una forma de devolver a la vida a objetos rotos, pronto se popularizó debido a la elegante belleza que otorgaba a las piezas hasta tal punto que, según las crónicas, a veces se rompían objetos a posta para poder volver a unir las piezas. El resultado era, verdaderamente, muy hermoso.
La hermosa decadencia de las piezas tratadas usando kintsugi era muy del gusto europeo. A partir del siglo XVII, con las primeras misiones jesuitas que llegan a Japón y las nuevas rutas comerciales que se abren con Oriente, jarrones y otras piezas similares comienzan a ser muy demandadas, tanto que pronto surgen  falsificaciones en las que, simplemente, se pintan líneas doradas sobre el material para imitar el efecto de la uníón de piezas rotas del Kintsugi. Nos han llegado obras de este tipo que fueron tomadas por buenas por los inocentes europeos que las adquirían.
Una pieza realizada con la técnica del Kintsugi era, en realidad, bastante cara. La laca con la que se unían los trozos se obtenía a partir de la resina de un árbol llamado toxicodendrom vernicfluum, que, como el propio nombre indica, era altamente tóxico. Se trata de una planta que crece en Japón, Korea, parte de China y el sudeste asiático y que llega a alcanzar los 20 metros de altura. Uno de estos árboles producía sólo una taza de resina en seis meses, de ahí su elevado precio. Si a esto le sumamos el polvo de oro y el lento proceso de unir las piezas con sumo cuidado y respetando unos tiempos de secado y exposición determinados es fácil comprender que el Kintsugi no estuviera al alcance de todos los bolsillos.
La unión debía hacerse sin que la laca sobresaliera por ninguna parte ni se apreciaran aglomeraciones, uniendo los trozos sutilmente, como podemos comprobar en las imágenes. De lo contrario se trataba de obras de escaso valor y calidad.
A pesar de su popularidad, esta técnica centenaria fue, poco a poco, cayendo en desuso hasta que durante el siglo XX dejó de usarse casi por completo. Sin embargo, recientemente, numerosas escuelas de Kintsugi han ido apareciendo por todo el mundo. No es de extrañar. La idea de recuperación, de reciclaje y de respeto a nuestro ecosistema en pro de un consumo sostenible casa perfectamente con la filosofía de respeto al pasado y de valorar la belleza y la historia de la obra de arte recuperada. 
Pero personalmente, me cautiva la idea de que la obra gane valor y belleza a pesar del daño sufrido. Quizás pase lo mismo con las personas. ¿Quién no ha tenido alguna vez que recomponer los trozos de su alma rota y volver a empezar después de un duro golpe? Los errores pasados, una vez superados, nos aportan valor, nos hacen más prudentes, más tolerantes, más sabios. 
¿No será ese, quizás, este el verdadero secreto de la belleza del Kintsugi?

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

Anillo de oro y rubíes perteneciente a Isabel I de Inglaterra.
Imagen de Donna Kafer para European Women in History.
Todos conocemos la triste historia de Ana Bolena (Anne Boleyn). Segunda esposa de Enrique VIII de Inglaterra y gran defensora del protestantismo. Fue decapitada por orden de su marido bajo acusaciones de adulterio y traición y perdió su vida a manos de un verdugo en la Torre de Londres.
No obstante, los caminos de la Historia son tortuosos  y caprichosos y años más tarde, su única hija, Isabel, ascendió al trono, convirtiéndonse en reina de Inglaterra y llevando a su país a un nivel de prestigio y prosperidad nunca vistos hasta entonces. 
Isabel nunca habló de su madre ni de su suerte en público. Sin embargo, tras su muerte, al desprender el anillo de uno de sus dedos, se descubrió que en su interior llevaba dos miniaturas: su propio retrato y el de su madre. De esta forma, Ana, que falleció siendo ella muy pequeña, la había acompañado a lo largo de todos sus años de reinado.
Este tipo de joyas con miniaturas en su interior eran muy frecuentes en la época y continuaron siéndolo siglos más tarde. A raíz de la aparición de la fotografía, las miniaturas se sustituyeron por éstas, mucho más baratas. Las joyas con retratos de seres queridos o incluso algún mechón de cabello fueron muy populares y se utilizaron, de distintas formas, hasta principios del siglo XX. 
Pero sin embargo, ¿quién no lleva hoy en día una fotografía de la persona más querida consigo? ¿En la cartera, en el móvil o entre las páginas del libro que está leyendo? Quizás es que, como Isabel I, todos necesitamos sentir que nuestros seres queridos están siempre con nosotros, pase lo que pase, allá donde vayamos.
¿Y vosotros? ¿Conocéis alguna joya parecida? ¿Lleváis con vosotros la foto de alguien querido? 
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)