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Calendario de Adviento. Día 8

8 diciembre, 2013 | arte oriental, Japón, Navidad | No hay comentarios

Ito Shinsui
Noche de nieve. 1923

Ito Shinsui fue uno de los artistas de Ukiyo-e más famosos del siglo XX. El Ukiyo-e es un género de pintura y grabado que se desarrolla en Japón principalmente entre los siglos XVII y XIX, durante la conocida etapa Edo. El Ukyo-e solía representar temas amables del gusto de la clase media alta japonesa, como mujeres bonitas, principalmente geishas, actores de kabuki y luchadores de sumo. También eran frecuentes los paisajes, escenas cotidianas e imágenes eróticas.
Aunque el Ukyo-e entra en decadencia a partir del siglo XIX, hay una serie de artistas que continúan con este arte tradicional, evitando que se pierda ante el fuerte empuje de la fotografía. Curiosamente, si este tipo de arte nos resulta especialmente popular es gracias a ellos, ya que en en esta época, los viajeros occidentales que llegan a Japón comienzan a comprar este tipo de estampas. Pronto, comienzan a exportarse como productos de decoración con gran éxito. Y es así como artistas de la relevancia de Manet, Toulose Lautrec o Vang Gogh entran en contacto con esta forma de arte que influirán en gran medida en sus trabajos.
En esta preciosa imagen, una joven japonesa, se protege de la nieve con un gesto de pudor muy frecuente en las mujeres orientales. Sólo un leve toque de rojo da color a la escena, donde destacan los tonos grises y azules en contraposición con el blanco de la piel de la modelo y los leves copos de nieve que parecen flotar suspendidos en el aire. 
Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)

El kintsugi o kintsukuroi es una técnica japonesa originaria del siglo XV que consistía en unir, usando una laca especial y polvo de oro, las piezas rotas de un objeto de cerámica, cristal, porcelana u otros materiales como el bambú. Concebida como una forma de devolver a la vida a objetos rotos, pronto se popularizó debido a la elegante belleza que otorgaba a las piezas hasta tal punto que, según las crónicas, a veces se rompían objetos a posta para poder volver a unir las piezas. El resultado era, verdaderamente, muy hermoso.
La hermosa decadencia de las piezas tratadas usando kintsugi era muy del gusto europeo. A partir del siglo XVII, con las primeras misiones jesuitas que llegan a Japón y las nuevas rutas comerciales que se abren con Oriente, jarrones y otras piezas similares comienzan a ser muy demandadas, tanto que pronto surgen  falsificaciones en las que, simplemente, se pintan líneas doradas sobre el material para imitar el efecto de la uníón de piezas rotas del Kintsugi. Nos han llegado obras de este tipo que fueron tomadas por buenas por los inocentes europeos que las adquirían.
Una pieza realizada con la técnica del Kintsugi era, en realidad, bastante cara. La laca con la que se unían los trozos se obtenía a partir de la resina de un árbol llamado toxicodendrom vernicfluum, que, como el propio nombre indica, era altamente tóxico. Se trata de una planta que crece en Japón, Korea, parte de China y el sudeste asiático y que llega a alcanzar los 20 metros de altura. Uno de estos árboles producía sólo una taza de resina en seis meses, de ahí su elevado precio. Si a esto le sumamos el polvo de oro y el lento proceso de unir las piezas con sumo cuidado y respetando unos tiempos de secado y exposición determinados es fácil comprender que el Kintsugi no estuviera al alcance de todos los bolsillos.
La unión debía hacerse sin que la laca sobresaliera por ninguna parte ni se apreciaran aglomeraciones, uniendo los trozos sutilmente, como podemos comprobar en las imágenes. De lo contrario se trataba de obras de escaso valor y calidad.
A pesar de su popularidad, esta técnica centenaria fue, poco a poco, cayendo en desuso hasta que durante el siglo XX dejó de usarse casi por completo. Sin embargo, recientemente, numerosas escuelas de Kintsugi han ido apareciendo por todo el mundo. No es de extrañar. La idea de recuperación, de reciclaje y de respeto a nuestro ecosistema en pro de un consumo sostenible casa perfectamente con la filosofía de respeto al pasado y de valorar la belleza y la historia de la obra de arte recuperada. 
Pero personalmente, me cautiva la idea de que la obra gane valor y belleza a pesar del daño sufrido. Quizás pase lo mismo con las personas. ¿Quién no ha tenido alguna vez que recomponer los trozos de su alma rota y volver a empezar después de un duro golpe? Los errores pasados, una vez superados, nos aportan valor, nos hacen más prudentes, más tolerantes, más sabios. 
¿No será ese, quizás, este el verdadero secreto de la belleza del Kintsugi?

Información proporcionada por el Blog de Ana Trigo (www.anatrigo.es)