Cuento de Nochevieja

5 enero, 2020 | mercado | No hay comentarios

31 de diciembre: la única noche del año en la que se permitía pensar en “aquello”. Lo ocurrido hacía justamente cincuenta años y que había marcado su vida para siempre.

En el silencio de la noche y la soledad de su habitación, dejó, sin oponer resistencia, que los recuerdos llegaran a su encuentro. Apartó las sábanas y se acurrucó entre ellas, no sin cierto esfuerzo, sintiendo el frío contacto de los hilos de algodón y sabiendo que, en esta ocasión, tampoco encontraría el calor de él para confortarla. Estaba sola. 

Desde algún lugar recóndito de su alma, las imágenes de aquella lejana noche fueron llegando a su memoria: el gran salón con las luces de Navidad, un fuego alegre chisporroteando en la chimenea, el cristal de las arañas desprendiendo destellos de colores que se reflejaban en los espejos.

Sí, casi parecía que estuviera allí. Si se concentraba mucho, incluso podía escuchar la música, ¿era un Foxtrot eso que sonaba? Era difícil de decir porque el sonido se confundía con las voces y las risas de los invitados.

Aquella noche se había hecho ondas al agua en el pelo y había elegido un largo collar de perlas con un cierre de zafiros. Recordaba su reflejo en el espejo: la imagen de una mujer joven y hermosa, con un magnífico vestido de “The House of Worth” en seda y encaje negros. Y casi podía percibir su antiguo perfume, Chanel Nº5.

Se vio a sí misma abriendo las puertas de la habitación y adentrándose, con paso titubeante, en el gran salón. Tras ella, dos ancianas cuchicheaban, señalándola.

Apretó la nota que llevaba en su mano y se dirigió, con paso firme, hacia su marido.

Jaime, alto y apuesto, vestido de frac, la esperaba al otro lado del salón. Nada más verla, se apresuró a tomar una copa para ella y a recibirla con una sonrisa. 

Pero Jaime no llegó a ofrecerle aquella copa; ella jamás llegó a saber lo que él iba a decirle con aquel brillo en sus ojos; la orquesta nunca comenzaría a tocar una nueva pieza.

Y sin embargo, ¡cómo deseaba haber saboreado el champán helado, escuchar las palabras de su marido, saber qué iba a tocar la orquesta a continuación!

Pero aquel instante se había roto para siempre con solo cuatro palabras, de las que siempre se arrepentiría:

“Me marcho con Luigi”. 

Al girarse, dejó caer con su vestido una pequeña bola de nieve de cristal tallado, pero no se detuvo.

Abandonó la casa, sintiendo la mirada de devastadora tristeza de Jaime tras ella, mientras la música dejaba de sonar con un silencio atronador y la casa se enfriaba con los murmullos de los invitados. 

Nevaba cuando salió a la calle, pero el flamante Hispano-Suiza de Luigi la esperaba a escasos pasos, tal y como le había prometido en la nota.

***

Cuando su amante la abandonó, apenas dos meses después, ella nunca pensó que Jaime volvería a aceptarla. 

Y, sin embargo, él la acogió. Como si no hubiera pisoteado su corazón, como si nunca hubiera dejado de amarla locamente porque, de hecho, así había sido.  

¡Cuánto lo echaba de menos!

Se levantó. Por algún motivo, necesitaba encontrar aquel viejo adorno navideño. Habían pagado mucho más de lo que valía a aquel anticuario de Mayfair. “Es una bola muy especial” les había dicho. Y, aunque no lo creyeron, estaban en su luna de miel y eran felices. ¿A quién le importaba unas libras más o menos?

Descalza, sacó la bola de su escondite y la sostuvo en silencio, en la oscuridad de la habitación, sintiendo su frío tacto y la pequeña rotura de aquella noche.

 Y, entonces, ocurrió.

 Sin haberla agitado, la nieve inundó todo el pequeño espacio y las ventanas de la diminuta casita se iluminaron, como por arte de alguna extraña magia. 

Sorprendida, contempló la bonita escena hasta que algo llamó su atención. 

Fuera de la habitación, las luces se habían encendido. Corrió a ver qué ocurría y ya estaba a punto de abrir las puertas cuando lo percibió: Chanel Nº5, el perfume que llevaba cincuenta años sin usar, flotando en el aire. 

Súbitamente, también el dormitorio se iluminó y, al contemplarse en el espejo, no pudo creer lo que veía: volvía a tener veintisiete años y llevaba su vestido de Worth.

Justo como aquella Nochevieja, cincuenta años atrás.

Desde fuera llegaba el sonido de la música y el murmullo de las voces y las risas de los invitados. 

Se acercó con cuidado como si, con cada paso que diera, el hechizo pudiera desvanecerse y abrió las puertas adentrándose en el salón.

Los camareros serpenteaban entre los invitados y la canción que sonaba estaba a punto de finalizar. 

Al otro lado del salón, Jaime la esperaba, con una sonrisa en su mirada.

¿Cómo era posible? ¿Podía ser cierto aquello? 

Notó que su corazón comenzaba a latir con más fuerza y que todo daba vueltas a su alrededor. Descubrió en su mano derecha la nota de Luigi. 

Pero, en esta ocasión, no volvería a cometer el mismo error.

Con decisión, fue hacia su marido, que la contemplaba con tanta admiración y cariño que sintió que su corazón iba a estallar en mil pedazos. Cuando llegó junto a él, Jaime le ofreció la copa que tenía en la mano y, acercándose, le susurró: “Esta noche estás más hermosa que nunca”. 

La orquesta comenzó a tocar: la canción que en su recuerdo nunca pudo escuchar era un vals de Strauss.

“¡Eh! ¿Qué pasa?” le dijo él, sonriendo, mientras ella lloraba en silencio y se dejaba arrullar por su abrazo cálido y su olor a madera e incienso.

“Es que esta noche es la más feliz de mi vida”, le respondió, “solo que no lo he sabido hasta ahora”.

Él la miró sin comprender, pero ya no importaba, porque las notas de Strauss se alzaron en la casa, alegres, rápidas y elegantes al tiempo que ellos comenzaban a bailar. 

Fuera, había comenzado a nevar.

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